sábado, 16 de junio de 2012

sigue asì

Me fui a vivir solo tratando de encontrar la forma de escribir una novela. La pensión quedaba a poco menos de doscientos metros de donde el río Tigre desemboca en el Luján, a mitad de una cuadra poblada por plátanos muy altos y gruesos que habían ondeado la vereda con sus raíces. Un portón doble de hierro forjado, viejo y un poco oxidado franqueaba la entrada. La edificación era de dos pisos recostada sobre una de las mitades del lote. Tenía dos piezas en la parte baja y tres en la alta con un baño en cada una de las plantas. Beatriz ocupaba una de las piezas de arriba, yo una de las de abajo que era más económica. La otra mitad del lote que en el pasado probablemente habría servido para guardar algún auto, era ahora un patio con piso de ladrillos techado por una parra gigante y decorado con latas de de tamaños diversos que servían de macetas para hortensias, calas y malvones. En el aire flotaba el olor a río.
Mudarme me alejó de Marcela pero también de los alumnos a quienes ayudaba con sus materias colegiales lo que produjo una merma en mis ingresos, me quedaban las correcciones; pero al poco tiempo, la misma empresa para la que corregía, me propuso una nueva tarea que consistía en leer los borradores que se proponían para ser publicados. La editorial se dedicaba a publicar a autores inéditos de temas, en su mayoría, esotéricos y de auto ayuda y me pagaba –no mucho-, por elaborar un resumen y un informe sobre cada borrador. Comencé de ese modo a tomar contacto con disciplinas tan extrañas como dispares, por un lado leía un tratado sobre astrología kármica y a la semana siguiente uno sobre cocina macrobiótica. Así y todo mi vida comenzó a poblarse de de escaseces, todo faltaba en mi pieza menos libros, papel y mi orgullo que me impedía volver por ayuda (en este caso la palabra “volver” significaba volver a la casa de mis padres en busca de algún tipo de socorro, por ejemplo, económico.) Los días en la pensión no necesitaban de mucho, cada actividad tenía su horario que era anunciado no por los relojes sino por los ritmos naturales. Después de levantarme temprano si había sol o más tarde si hacía frío y desayunar, trabajaba un poco en los resúmenes hasta que tenía hambre, luego almorzaba liviano, dormía un ratito la siesta, trabajaba otro poco y a al atardecer invariablemente nos juntábamos con los otros inquilinos a tomar unos mates en el patio. Así los vínculos con Beatriz comenzaron a estrecharse, en realidad era casi únicamente con ella con la que me interesaba hablar, el resto de mis vecinos eran una mujer mayor baja y uniformemente gorda, algo así como si debajo de la ropa llevara más y más y más ropa acumulada que se llamaba Nicolasa, que había tenido 6 hijos de los que se la pasaba hablando y nunca venían a visitarla y un hombre que se llamaba Roberto que era alto, muy flaco como aquejado de alguna enfermedad, desprolijo en su aspecto, decía que era pintor de autos pero nadie le daba trabajo.
La noche era el momento de escribir  para mí y en esto sí me auto imponía disciplina, pero inevitablemente, casi como si estuviesen condenados sin juicio previo todas mis páginas terminaban en la basura.
Pero una mañana algunas cosas cambiaron. Me desperté temprano y cuando levanté la persiana de mi ventana, ví pasar por el patio a Nicolasa junto a un hombre, morocho, bajo y gordo como ella, el hombre cargaba un bolso y una valija. Nicolasa me saludó con la mano, se le notaba en la cara un gesto de felicidad y de orgullo al mismo tiempo, algo así como: “vieron, mis hijos me querían”. Nunca más volví a verla. El mismo día, por la tarde, sólo Beatriz bajó a tomar mate al patio y por ella me enteré que Roberto también se había ido, un trueno y un fuerte viento interrumpió la conversación, levantamos la tertulia y regresamos a nuestras habitaciones. Decidí que escribir sobre a aquella situación, la partida de los vecinos, constituiría un buen ejercicio literario que acaso desembocara en algo interesante, coloqué unos papeles sobre mi mesa de trabajo y una sucesión de truenos me sobresaltó, miré por la ventana y vi como las primeras gotas –que siempre son pesadas-, bajaban las hojas de la parra como si fueran las teclas de un piano que no sonaba. Poco a poco el estrépito de una gran tormenta saturó el aire. No sé realmente por qué, ni de qué modo comencé a sentir angustia y fui invadido de un modo tal que se me hizo un vacío ruidoso en el estómago, la angustia dejó paso a una especie de miedo, a aquel que (se me ocurrió absurdamente como si eso pudiera saberse) deben sentir los que son sorprendidos por la muerte lejos de su casa. Me metí en la cama que estaba junto a una de las paredes y me refugié en ambas. A la madrugada Cesar Friedman, el dueño de la pensión, me despertó golpeando mi puerta como para tirarla abajo. Sobresaltado salté de la cama y me enterraré hasta las rodillas en el agua.
-Salga Mario- gritaba Friedman desde afuera, -está todo inundado.
Cuando abrí la puerta,  me topé con un frío punzante y con un bote desde el que Friedman me tendía una mano. Antes de subir, y medio aturdido, pude ver, por los primeros resplandores, que además del agua, el patio estaba colmado por camalotes, pero lo que la poca luz no delataba era que sobre las plantas, como un ejercito de colonizadores de un nuevo mundo sobre su flota, viajaban miles de serpientes.

miércoles, 6 de junio de 2012

Sigo trabajando, espero les guste.

Empecé a fumar a los trece años para impresionar a las chicas del liceo 9 de señoritas por el que pasábamos con los amigos a la salida del colegio, al mismo tiempo y un poco para lo mismo empecé a escribir. Pero poco a poco, escribir tornó en una obsesión que me mantenía ocupado y frustrado. Sentía dentro de mí una necesidad furiosa por componer un texto. Leía con voracidad tratando de encontrar la forma adecuada para contar mi historia, no sabía que lo que en realidad me faltaba era una historia.
Cuando terminé el secundario ingresé a la facultad de letras. Tardé dos años en descubrir que si lo que uno quiere es escribir, la facultad no es el lugar adecuado. Egresé convertido en un bohemio con el título de más o menos un cuarto de licenciado en letras, un título apto para corregir algunos textos y preparar alumnos del secundario que, por defecto propio del sistema odian la literatura con toda la razón del mundo. Nadie puede disfrutar a Góngora o a Quevedo o a Cervantes o al Martín Fierro a los 15 años. Entre las correcciones, algunos artículos, y las clases particulares juntaba la cantidad justa para un alquiler y la comida. Pero no todo era tan malo, los muchos textos -para mí inútiles- que pude componer cumplieron finalmente su objetivo inicial: gracias a ellos impresioné a Marcela se enamoró de mí. Nos conocimos antes de que yo dejara la facultad y saliera a recorrer cafetines literarios. Ella terminó la carrera, consiguió trabajo en dos colegios y nos fuimos a vivir juntos. Compartíamos los gastos, éramos para la época una pareja de vanguardia, en realidad ella lo era, yo simplemente era casi un indigente. Marcela era bajita, tenía una cara casi perfecta si no fuera porque su nariz era muy parecida a un pequeño ganchito, aún así la belleza de sus ojos y sus labios compensaba perfectamente el detalle, además su pelo era tan lacio y leve como el aire. Por suerte, algunas mujeres cuando son jóvenes todavía creen que un sapo puede convertirse en príncipe algún día. A Marcela el lirismo de pasar hambre y vivir a los saltos al lado de un escritor atormentado que no encontraba qué escribir le duró casi seis años. Finalmente todo lo dulcemente que pudo me propuso una elección que consistía por un lado en que fuera a trabajar en algo serio y rentable o por el otro que me apartara de su lado. Así, huyendo de un gran amor, pero persiguiendo el sueño de encontrar mi historia, terminé dejándole el departamento y alquilando la pieza en la pensión del Tigre

sábado, 2 de junio de 2012

deben releer esto porque cambiò mucho

Ir a vivir a esa pensión no fue un capricho, diría que fue una necesidad, o ambas cosas. Debo retroceder aún más en el tiempo para explicar esto.
Siendo yo muy chico, mi padre y mi madre trabajaban de sol a sol cinco días a la semana, y como aparentemente, según ellos, eso no alcanzaba, los sábados atendían la concesión de un restaurante en un club de barrio donde yo los acompañé hasta que un día pedí un cambio en la rutina. Mis tardes cambiaron, pasaron del club a la casa de mis abuelos que tenía un jardín grande y apto para mis carreras de autitos de juguete. Mi abuela era ama de casa, mi abuelo, bancario. Fui nieto único por lo que ambos me dispensaban toda su atención y cariño. En esos sábados existía una sola regla inquebrantable en la casa. Después de comer mi abuelo se encerraba en un pequeño cuartito que había en el fondo del jardín y no podía ser molestado por tres horas. No dormía la siesta, escribía. ¿Sobre qué? Una sola vez le pregunté eso a mi abuela. –De sus cosas, escribe, de sus cosas –respondió. Probablemente nadie en la familia supiera sobre lo que escribía mi abuelo, pero de lo que yo sí estaba seguro era de que a mí me lo ocultaban por algún motivo. Tuvieron que pasar muchos años muchos para que pudiera encontrarme con algunas de sus páginas.
Pero a las 5 en punto, todos los sábados, cuando salía de su encierro compartíamos un paseo, a veces a una plaza, a veces a una cancha de fútbol o simplemente a andar un rato en tren.
Tuve el mejor abuelo posible en el mundo, fuera de su vínculo conmigo tenía un trato educado, pero seco, severo y distante con todos las demás personas. Era muy alto, no gordo pero sí grandote, desde muy joven tenía todo el pelo blanco y lo usaba impecablemente peinado hacia atrás con gomina. Tenía la nariz grande y un poco torcida como si alguna vez algún golpe la hubiera desviado y una mirada severa y penetrante. Además parecía estar poseído por un espíritu independiente, junto a él se tenía la sensación permanente de que las cosas perdían su estructura, hoy puedo expresarlo con estas palabras, en aquel momento para mí esto se ponía de manifiesto cuando quebrantábamos, por ejemplo, el sempiterno ritual de tomar la leche que por la tarde, por un sándwich de chorizo en un puesto de la costanera. Yo tenía la impresión de que los demás le temían y él se divertía con eso, era capaz de intimidar a alguien tan sólo con el saludo, solía hacer esto con vecinas distraídas que durante nuestros paseos encontraba barriendo las veredas. Luego de hacerlas sobresaltar y suspirar con un enérgico “buenas tardes” se daba vuelta y me guiñaba el ojo. Hoy creo que mi abuelo no sobresaltaba a las vecinas por el mero hecho de asustarlas, ni siquiera lo hacía con todas indiscriminadamente, realizaba esto sólo con algunas.
Y aunque conmigo su relación era todo lo cálida y cercana que podía ser -creo que sólo yo podía con el carácter indómito de mi abuelo-, en el seno familiar su autoridad y sentido de la independencia se expresaba sin que nadie lo objetara. Por algún motivo que acaso tenga que ver tan sólo con el gusto, mi madre, desde muy joven decía que si algún día la vida le daba un hijo varón, se llamaría Esteban. Nací en un parto muy complicado un 26 de Diciembre, el día de San Estaban. Y si bien la vida de mi madre no corría peligro debió quedar internada muchos días y mi padre tuvo que permanecer junto a ella en el sanatorio. Mi abuelo la visitaba todos los días invariablemente y en uno de los breves momentos en los que mi madre despertaba de su gravedad le pidió que me anotara en el registro civil con el nombre de Esteban. La puerta cerrada del cuartito del fondo donde me abuelo escribía funcionó en mí como la puerta prohibida, la única de todas las puertas que no podían abrirse. Me llamo Mario, como mi abuelo y aún así nunca me contó sobre ni por qué escribía.      

miércoles, 30 de mayo de 2012

la cosa sigue asì,

Debe suprimirse la entrada anterior, despuès del episodio del cemementerio sigue lo siquiente.....
Lo que debo relatar ahora es un poco más complejo que el episodio de la exhumación y reducción de los restos de mi abuelo, debo contar cómo 20 años después volví a tomar contacto con “la serpiente”.
No voy a generar misterio inutilmente, dirè que antes de cumplir 30 terminé viviendo en una pensión en el Tigre y justo en la pieza contigua vivía una mujer que se llamaba Beatriz. Beatriz tenía 60 años, los cuarenta cigarrillos que se fumaba al día la habían consumido, arrugado y teñido su piel del color de las aceitunas, había venido de España a los 5 pero todavía hablaba con la zeta bien marcada. En su pieza, que era más grande que la mía y estaba dividida por una cortina, ejercìa su trabajo que consistìa en  atender a sus clientes a los que les leía el futuro en naipes o en unos caracoles que desparramaba en un círculo de collares de mostacillas. Ofrecìa ademàs hechizos y pòcimas para recomponer parejas o para formarlas. También curaba la pata de cabra, la culebrilla, y por supuesto, el ojeado.

lunes, 28 de mayo de 2012

Pasaron 20 años y para ser honesto debo confesar que aquel episodio, el de la exhumación y reducción de los restos de mi abuelo, había quedado abandonado sin etiquetar en algún rincón muy remoto de mi memoria, nunca le pregunté a mi madre si aquello que yo había visto era realmente la imagen de una serpiente enroscada en la cruz del ataúd de mi abuelo o solamente se trataba de un defecto de la pieza o de una decoración distinta, o acaso el resultado de un capricho natural que el paso del tiempo había hecho retorciendo el metal de una figura que alguna vez había sido la de cristo, o, lo más probable, sólo el producto de mi imaginación alimentada por mi estado anímico. No lo sé, no sé por qué nunca pregunté, sólo puedo decir que aquello quedó guardado en mí casi sin que yo supiera.
Para ese momento yo estaba por cumplir 30 años y como es natural muchas cosas habían cambiado, menos una, mi nombre: Mario Ubaldini. Ya no jugaba carreras con autitos de juguete, tampoco me había casado pero vivía con una mujer en una situación de las que se llamaban modernas, yo diría que más que moderna se trataba de un equilibrio impuesto por necesidad, quiero decir que vivíamos juntos con Marcela, no como imponía la tradición en la que el hombre de la casa con un trabajo y un ingreso sólido mantiene a su mujer, sino compartiendo los gastos; todos los gastos, hasta los del alquiler del departamento. No teníamos hijos. Y yo ya tenía algunas canas, muchas para alguien de mi edad.
Hasta los 23 años había estudiado ingeniería mecánica porque mi padre era mecànico y yo pensaba que iba a diseñar autos de fórmula uno, pero me llevó tres años descubrir que estudiar ingeniería mecánica nada tiene que ver con diseñar autos de fórmula uno. Así que un día en un sencillo y privado acto me otorgué a mí mismo el título de medio ingeniero (había aprobado casi la mitad de la carrera) y no fui más. Mis padres se disgustaron pero se disgustaron aún más cuando les dije que iba a probar en letras. En esos tiempos en los que se debía ser médico, abogado, o ingeniero, o bancario, decirles a mis padres que me gustaba escribir fue casi lo mismo que comunicarles que me iba a ser un indigente por el resto de mi vida. Esa vez tardè un poco menos en darme de un paralelismo entre las dos carreras, estudiar letras poco tiene que ver si lo que uno quiere es ser escritor. Asì que  me recibí de un cuarto de licenciado en letras. En realidad el tiempo que pasé en la facultad fue sólo una excusa para leer lo que me gustaba sin que nadie pudiera decirme que perdía todo el día leyendo en lugar de trabajar. El gusto por la lectura y por escribir me fue conferido por un profesor en la secundaria que además de ser cura –se llamaba Jorge Parker-, impulsaba lecturas hermosas, brillantes, mezclaba en un remolino medio loco la Biblia con García Márquez o con Borges o con otros autores maravillosos. Despuès  pasé a antropología donde asistí por dos años sólo a las clases que más me interesaban, casualmente muchas de esas clases se referían a civilizaciones donde la serpiente y su simbolismo había tenido relevancia en su mitologìa.
Pero todo este recorrido me llevó invariablemente a una serie de ocupaciones diversas que ni aún reunidas completaban un sueldo decente. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que lo que en realidad quería era escribir un libro y un poco màs de tiempo tardé en descubrir cuál sería el tema

sábado, 26 de mayo de 2012

La augusta y secreta orden de la serpiente de plata

Cuando uno llega a los 50 años son pocas las cosas del propio pasado que pueden recordarse con claridad; todo lo poco que uno puede evocar parece flotar entre vacíos, entre ausencias, entre espacios que uno en apariencia no ha vivido.
Una de esas islas perdidas en el mar oscuro del olvido que mi memoria guardo por alguna razón es la de una tarde de mucho calor en la que mi madre, su hermana (mi tía) y mi abuela me llevaron al cementerio. El paseo no era algo extraño para mí, una o dos veces al año las mujeres de la familia cargaban en el auto de mi tía artículos de limpieza, flores e iban a limpiar las placas de bronce, los floreros y los mármoles de las tumbas familiares, especialmente la de mi abuelo. Los tíos y bisabuelos estaban todos repartidos en dos tumbas cercanas una de la otra, ya habían sido reducidos me habían explicado; mi abuelo estaba solo, aparte. Entonces con la familia dispersa, el ritual para completar el trabajo en todas las lápidas imponía un recorrido laberíntico por veredas angostas semicubiertas por racimos de uña de gato, que con sus gajos carnosos ofrecía gratuitamente embellecer tumbas olvidadas. Las mujeres cargaban baldes y artículos de limpieza, yo aprovechaba para convertir el recorrido en una pista de obstáculos para mis cochecitos de juguete. Salvo a mí abuelo a quien yo había conocido y querido mucho, el resto de los familiares muertos era desconocidos para mí, nada me unía a ellos salvo ese paseo anual. En lugar de repartirse el trabajo para terminarlo más rápido, mi madre mi tía y mi abuela caminaban juntas, despacio, charlando sobre cosas que sé precisamente por qué no recuerdo, no las recuerdo porque no me importaban. Pero la tarde particular a la que refiero fue desde el principio distinta a todas, no cargaron artículos de limpieza ni flores, tampoco el mismo ánimo se manifestaba en ellas. Si bien entramos al cementerio por la puerta número dos como siempre, y dejamos el auto en la playa donde lo hacíamos habitualmente, inmediatamente me llamó la atención que en lugar de comenzar el recorrido habitual por la pista de obstáculos de mis juguetes, nos dirigiéramos hacia la administración. Al llegar, mi madre se acercó a una ventanilla para atención al público, yo quedé algo apartado junto a mi abuela tratando de descubrir con mis ojos la razón del cambio en la rutina. Sólo pude ver que firmó unos papeles se dio vuelta y dijo: -listo, vamos.
-¿Qué pasa mamà?  
-Nada hijo, vamos.
El “vamos” no implicaba volver a casa sino que la siguiera. La esfera incandescente del sol golpeaba y rebotaba en los granitos negros de las lápidas y en las placas de bronce. Recuerdo, y esto lo recuerdo muy bien, que en ese recorrido inhabitual (habíamos comenzado nuestro recorrido desde la administración y no desde la playa donde dejábamos el auto como siempre) pasamos por una tumba que sobre sí tenía una imagen enorme de cristo, en realidad todo el monumento era muy grande y ostentoso, y el tamaño de la figura le había permitido al artista reflejar en el rostro de Dios un gesto desgarrador. A partir de ésa y mientras duró el recorrido seguí buscando en las demás imágenes detalles y gestos que antes nunca me habían llamado la atención.
Hasta que los cuatro, mi madre, mi abuela, mi tía y yo llegamos -ellas sin hablar y yo con mis cochecitos de juguete en el bolsillo y mirando las distintas caras de los cristos de las tumbas-, hasta la de mi abuelo. Junto a ella, vestidos con ropa de trabajo color azul gastado y unas zapatillas tapadas y agrandadas por tierra húmeda, había dos hombres corpulentos apoyados en sendas palas a modo de quien descansa en un bastón. Era evidente que no sin un gran esfuerzo, que se vería en el sudor que corría por sus caras y por el que había absorbido su ropa, habían exhumado un ataúd. Mi abuela, tomándome del hombro me giró hacia a ella para que no mirara la escena. Por aquellos años, a los niños no se nos permitía ver a los muertos, por lo menos eso ocurría en mi familia; de hecho, yo ni había asistido al velatorio de mi abuelo; así que ahí, frente al féretro me invadió una sensación de curiosidad tremenda, de ansiedad y al mismo tiempo de algo muy parecido al terror. Recuerdo no poder decidirme entre darme vuelta y mirar o permanecer con la cara hundida en la ropa de mi abuela. Finalmente giré y pude ver como cada uno de los hombres forcejeaban con una barreta para abrir la tapa que crujía sin ceder.
–Mamà llevate al nene- le pidió mi madre a mi abuela, pero antes de que pudieran apartarme, nítidamente pude ver algo que perpetuó para siempre en mi memoria aquella escena y que cambiaría mi vida tiempo después. Sobre la tapa marrón y opaca del ataúd había una cruz plateada, grande, también opaca como gastada, pero a diferencia de las otras cruces que yo justamente ese día venía relevando, no tenía una imagen de cristo fundido en ella, sino algo que en principio me costó descifrar, pero que luego vi con toda nitidez, también fundida en ese material plateado y opaco, la cruz del ataúd de mi abuelo tenía enroscada en espiral, como recorriéndola de abajo hacia arriba, una serpiente.  




Pasaron 20 años y para ser honesto debo confesar que aquel episodio, el de la exhumación y reducción de los restos de mi abuelo, había quedado abandonado sin etiquetar en algún rincón muy remoto de mi memoria, nunca le pregunté a mi madre si aquello que yo había visto era realmente la imagen de una serpiente enroscada en la cruz del ataúd de mi abuelo o solamente se trataba de un defecto de la pieza o de una decoración distinta, o acaso el resultado de un capricho natural que el paso del tiempo había hecho retorciendo el metal de una figura que alguna vez había sido la de cristo, o, lo más probable, sólo el producto de mi imaginación alimentada por mi estado anímico. No lo sé, no sé por qué nunca pregunté, sólo puedo decir que aquello quedó guardado en mí casi sin que yo supiera.
Veinte años después yo tenía 29 y ya no jugaba carreras con autitos de juguete, tampoco me había casado pero vivía con una mujer, no tenía hijos y, como es obvio, me seguía llamando igual: Mario Ubaldini. Tenía ya algunas canas, muchas para alguien de mi edad. Hasta los 23 había estudiado ingeniería mecánica pensando que iba a diseñar autos de fórmula uno, pero me llevó tres años descubrir que estudiar ingeniería mecánica nada tiene que ver llegar a ser diseñador de autos de fórmula uno. Así que un día en un sencillo, ìntimo y privado acto me otorgué a mí mismo el título de medio ingeniero (ya había aprobado casi la mitad de la carrera) y no fui más. Mis padres se disgustaron pero se disgustaron aún más cuando les dije que iba a probar en letras, en esos tiempos en los que se debìa ser médico, abogado, o ingeniero, o bancario, decirles a mis padres que me gustaba escribir fue casi lo mismo que comunicarles que me iba a dedicar a la vagancia por el resto de mi vida.